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Texto y fotos: Héctor Santomé Sosa Días Primera entrega En estos nueve años de vida hemos recorrido, visitado y descubierto muchos lugares y rincones de nuestro país, incluso fuera de él, pero nunca nos imaginamos que llegaríamos tan lejos... Corría el miércoles 22 de setiembre y era un día como tantos en la redacción de la Revista. La rutina común variaba entre llamadas telefónicas y el cierre de la edición del mes, que implica una total locura para, como siempre, ser fieles en salir el primer día hábil del mes. Pero una de las llamadas telefónicas, habría de cambiar esa rutina. Era del Instituto Antártico Uruguayo para decirnos... “preparen las valijas... el domingo se van a la Antártida.....”. Confusión, emoción y alegría fue lo primero que atinamos a manifestar, no obstante la sorpresa nos hizo llamar inmediatamente al Jefe de RRPP, C/N Fernando Silvera, quien sonriendo nos contestó que era cierto y que al día siguiente nos esperaban en un breaffing con todos los que viajarían. También llamamos al Presidente de Antarkos, C/A (R) Oscar Otero, quien ya sabía la noticia y se alegraba junto con nosotros. No entrábamos en razón, la sorpresa había sido impactante. Era increíble pensar que tantos años de publicar mensualmente el trabajo del Instituto en la Antártida y los stand en Expo Aventura, que nos conectaban directamente con el continente frío, nos daban ahora la posibilidad de ver y tocar con nuestras propias manos, todo lo que habíamos escrito y trasmitido desde nuestras páginas. Para nosotros, volar a la Antártida era un sueño y ese sueño se estaba haciendo realidad. Teníamos sólo 4 días para, en la redacción, preparar y dejar todo en orden, el tiempo era escaso, pero éramos conscientes que formar parte de esta misión sería un privilegio de pocos, por lo tanto no dudamos en aceptar dicha invitación. El breaffing, que estuvo a cargo del C/F (CG) Albert Lluberas, sirvió no sólo para saber qué ropa tendríamos que llevar, cómo comportarnos en el continente blanco y a qué hora deberíamos estar en la Brigada Aérea Nº1, entre otras cosas, sino también para conocer a tres de los cinco que fuimos invitados a esta misión: María del Carmen Rodríguez (Proveedora del Instituto), Aldo Rissolini (Gerente de Marketing de la Universidad Autónomo del Sur) y quien suscribe (Co-Director de la Revista Uruguay Natural). A posteriori conoceríamos a las otras dos invitadas: María Andrea Vernengo y María Josefina Nogueira (por el Ministerio de Defensa Nacional). Luego del mismo, nos llevaron a una sala en donde nos entregaron los trajes especiales para el frío, los cuales deberíamos utilizar en esa zona tan gélida. Algunos optamos por el color azul y otros por el rojo. Y llegó el día esperado, el domingo 26 de setiembre amaneció con sol radiante y un cielo azul despejado. A las 7:30 hs. debía presentarme en la Brigada Aérea Nº1, cosa que hice en forma puntual. Luego de presentarnos con el resto de la gente y de despedirnos de nuestros familiares y amigos, llegó el momento de abordar el ómnibus que nos llevaría hasta la pista. Eran las 8:40 hs. y allí estaba esperándonos, erguido y majestuoso, el imponente Hércules C-130 B de la Fuerza Aérea Uruguaya, un poderoso avión de 4 motores utilizado para el transporte de tropas y carga, el cual nos trasladaría hasta el continente Antártico, previa escala en Punta Arenas. Tras unos pocos minutos de espera en la pista, vino la orden y comenzamos a abordar de a uno por la puerta delantera, ubicándonos en las cuatro hileras de asientos de lona que se encontraban paralelos al fuselaje. Luego de abrocharnos el cinturón de seguridad, los ojos no me daban para contemplar tanta tecnología a la vista. Ductos de calefacción, caños hidráulicos, lingas de acero, motores eléctricos, comandos, porrones de oxígeno, cables de corriente, etc., en una palabra... al avión se le podía ver el “alma”, todo estaba a la vista y no como los aviones comerciales en donde nada es visible. Los nervios y la emoción se apoderaban de mí, aún no podía creer que formaba parte de una misión que hacía casi dos años que no se efectuaba, debido a que el Hércules se encontraba en Chile haciéndoles el riguroso y estricto mantenimiento. La aventura estaba por comenzar... se cerró la escotilla y los motores comenzaron a rugir de a uno. En cada una de las 31 personas se podía ver entusiasmo, alegría y emoción. Y comenzamos a carretear hasta la cabecera de la pista. Se detuvo... nos mirábamos entre todos y nadie se animaba a decir una sola palabra. El único sonido que se escuchaba eran los 4 poderosos motores a hélice. De pronto..., comenzaron a rugir con toda su furia, el ruido era ensordecedor, algunos se colocaban tapones en los oídos y otros orejeras y como quien sale catapultado, comenzamos a carretear a gran velocidad, la aceleración se podía sentir en nuestros cuerpos, a tal punto que teníamos que hacer un poco de fuerza para mantenernos derechos, debido a que no había respaldos y estábamos sentados paralelos al fuselaje. En pocos segundos y sin darnos cuenta, estábamos volando... eran las 9 de la mañana y un poco más de cinco horas nos separaban de nuestra única escala, Punta Arenas. El vuelo se desarrollaba en forma normal, entre mates, bebidas, cuentos y trucos. Como buen “aeromozo” me dispuse a repartir revistas entre todos, a los efectos de entretenernos y que el viaje no se hiciera tan largo. Hasta que vino la invitación delcomandante Cnel. (Av.) Miguel Dobrich para visitar la cabina. La emoción seguía invadiéndome, pues los aviones son mi debilidad. Era realmente impactante, si sería grande que hasta una cucheta había en la misma. Mayor fue mi asombro cuando el Tte. Cnel.(Av.) Carlos Escayola me cedió su lugar. Auriculares de por medio, me podía comunicar con el piloto, el ingeniero de vuelo y el navegante. Parecía un sueño... literalmente me encontraba piloteando el Hércules. Volábamos a 20.000 pies, a una velocidad de 450 km. en la hora y con un rumbo 207º . No lo podía creer... desde allí pude contemplar de cerca, no sólo todo el instrumental, sino también los increíbles paisajes nevados a través de los innumerable vidrios que conforman la cabina. Nuevamente en el fuselaje, pude conocer a quienes conformaban tan distinguida delegación, encabezada por el Jefe de la Misión el C/N (CIME) Daniel Ressia. El objetivo principal de la misma, aparte de proyectos y estudios científicos, era el recambio de uno de los 3 generadores de la Base Científica Antártica Artigas (BCAA), donado gentilmente por el gobierno de Korea. El grupo estaba formado por el C/A Hugo Viglietti (Presidente del IAU), el C/F (CG) Juan Hudson (Secretario del Presidente del IAU), el C/F (CG) Albert Lluberas (Glaciólogo), el C/N (CG) Fernando Silvera (Jefe de Relaciones Públicas), la Sicóloga Ángela Quartarolo, la Equip. Cap. Dra. María García (Jefa del Dpto. de proyectos científicos del IAU), el Cnel. (Av.) Dr. Roberto Lagomarsino (Proyecto “ojos secos”) y su hijo Rodrigo Lagomarsino, la CBO. 2do. (MDN) Claudia Magano (apoyo en proyecto “ojos secos”), el G/M Dr. Pablo Panizza, el May. Gustavo Allende (futuro Jefe de Base), el Meteorólogo Carlos García, la S/O Lisian Calvo (RRPP del IAU), el Tte. Cnel. Carlos Cabara (Jefe de personal del Instituto), el C/F (CIME) Ruben Marques (Jefe de mantenimiento, abastecimiento y stock), el Tte. 1ro. (Rva.) Hugo Bottaro (Jefe de secretaría del IAU), el Cbo. 1ro. (ELE) Juan Álvarez (electricista), el Equip. Tte. 1ro. Ariel Salles (Departamento de Adquisiciones) y los ATS. 2dos. Emerson Borges y Gabriel Anchorena (mantenimiento, telefonía y comunicaciones). A las 14:30 hs., cinco horas y media desde nuestra partida, los pilotos posaron el avión en el aeropuerto de Punta Arenas, con tal suavidad que casi no nos dimos cuenta. Un aplauso cerrado culminaba esta escala... Nos alojamos en el Hotel Faro Evangelistas, para salir al otro día temprano hacia el tan apreciado continente blanco, siempre y cuando las condiciones meteorológicas del lugar así lo permitieran, pues el cruce no es cosa sencilla. El resto del día dio para conocer un poco la ciudad y comprar algunos recuerdos del lugar. El frío ya se hacía sentir. En la noche nos juntamos en el restaurante para degustar una bebida típica del lugar.... “Pisco Souer”, elaborada con jugo de limón, azúcar impalpable, clara de huevo, hielo y Pisco, todo bien batido... muy sabroso...!!!! La mañana siguiente no amaneció muy bien que digamos. Previa pasada de lista, no fuera cosa que alguno se hubiese quedado dormido, nos pasó a buscar el ómnibus para llevarnos al aeropuerto. Despegamos de Punta Arenas a las 11:25 hora chilena (dos menos que Uruguay). Dos horas y media nos separaban de la tan codiciada Antártida. A la media hora de vuelo, el comandante del Hércules nos da la triste noticia que teníamos que regresar. Le habían comunicado que las condiciones para aterrizar en el continente blanco no eran las más apropiadas. La pista nevada es corta, angosta y los laterales de la misma tenían una altura de 3 metros de nieve, por lo que se necesita muy buena visibilidad para poder aterrizar. ¡¡¡No lo podíamos creer...!!! La desilusión fue tal, que nadie quería decir una sola palabra... a pesar de que ya nos habían advertido de que esto podía suceder. Tendríamos que quedarnos un día más en Punta Arenas... A las 6 de la mañana del otro día, estábamos de pie. Desayuno de por medio, partimos nuevamente hacia el aeropuerto. Todo indicaba que esta vez, sí llegaríamos al punto de destino. En el avión, cada uno ya había adoptado su lugar. Eran las 8:45 hs. y los motores rugían a más no poder en la cabecera de la pista..., estábamos por despegar cuando de repente... sentimos que las revoluciones de los motores disminuían y nos dirigíamos nuevamente hacia el lugar de embarque. En ese momento se apersonó uno de los pilotos, para comunicarnos que nos quedáramos tranquilos... que se había encendido en el tablero, la luz indicadora de aceite de uno de los motores y tras un simple chequeo volveríamos a partir. Por el fondo se sintió la frase... “¡si querés 20W50 tengo en la mochila...!” Bromas van... bromas vienen, esperamos en la pista mientras el problema era resuelto. A las 9:30 hs. decolamos con éxito. Dos horas y media nos separaban del continente Antártico. A medida que íbamos avanzando, se podía ver más entusiasmo, ansiedad y emoción en cada uno de nosotros. Desde el ojo de buey podía ver paisajes naturales como nunca había visto en mi vida. La vista no me daba para contemplar tanta maravilla junta... témpanos, icebergs, hielo por todos lados, aguas cristalinas. La cámara de fotos no dejaba de disparar y la filmadora registraba cada instante... Estábamos por llegar y vino la orden de ponernos los cinturones de seguridad. Aterrizar en la Antártida en esta época del año no es cosa sencilla. El aire que se respiraba en el fuselaje del Hércules parecía distinto, los nervios y la adrenalina eran difíciles de controlar... mis ojos no se despegaban del ojo de buey que tenía en frente... nada quería perderme. En cuestión de minutos estaríamos tocando suelo Antártico. Todo era blanco y la filmadora seguía registrando, hasta que a pocos metros de altura pasamos lo que parecía una base (luego supe que era la Base Chilena)... y de pronto... una gran pared de nieve, como de 4 metros de altura, se interpuso en mi vista a poco metros del ala... era uno de los laterales de la pista... podía verla totalmente nevada... el pesado avión tocó suelo... una gran nube de nieve se levantó... y el paso de las hélices de los 4 poderosos motores, frenaron al Hércules en pocos metros. En mi vida había sentido una desaceleración tan brusca... ¡¡¡fue realmente increíble...!!! El aplauso para toda la tripulación del Hércules fue cerrado y emotivo... habíamos aterrizado en la Base Aérea Antártica Pdte. Eduardo Frei M. de Chile... En nuestra segunda entrega continuaremos con esta increíble vivencia...
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