Por Luca Spinoza

Frutas exóticas

El congestionado, bullicioso y abigarrado mercado de La Ramada, en Santa Cruz de la Sierra, pululaba de movimiento cuando llegamos a buscar un vehículo que nos llevara hasta la localidad de San José, a unos 35 kilómetros hacia el sudoeste, puerta de entrada para acceder al Área Protegida de Espejillos, al pie de las consideradas primeras estribaciones orientales de los Andes.
El día abochornado entraba en la plenitud de la tarde y los destemplados gritos de los vendedores del mercado hacían añorar aires más tranquilos. Un puesto en especial, atrajo mi atención. Canastos atiborrados de unas curiosas frutas que para mí eran desconocidas, me llevaron a aproximarme para descifrar el enigma. Una de ellas era particularmente especial. De color amarillo, parecía un erizo marino en miniatura o una de esas clásicas minas navales que flotan en el mar esperando el contacto con alguna embarcación para hacer explosión. Depositadas en montones grandes, esperaban a los clientes que venían de lejos atrás de su sabor. Le pregunté el nombre a la vendedora y con una clara sonrisa estampada en los labios, me dijo que era el "ocoró" y se pelaba con los dedos para comer la carne que envolvía la semilla. En un santiamén lo estaba haciendo y me encanté con el sabor ácido y ligeramente dulce de la pulpa escasa. Al lado había otra fruta de un tamaño semejante pero sin las proyecciones con apariencia de espinas. Me dijo que se llamaba "achachairú" y que era una especie pariente de la anterior.
Mis compañeros eran Roeemir Salazar instructor del SAR y Walter Guzmán, de la agencia cruceña Forest Tour. En función de la hora cogimos un taxi, dirigiéndonos hacia la antigua carretera a Cochabamba. Nuestra intención era hacer dos días de caminata por montaña, selva y río.

espinoza carro buey.jpg (83102 bytes)Las primeras montañas andinas.

Algunos minutos después ya empezamos a distinguir el contorno difuso y accidentado de las primeras elevaciones. La temperatura se tornó claramente más fresca y las primeras construcciones del pueblo de La Guardia se hicieron visibles. Saliendo del poblado nos detuvimos en un pequeño mercado para comprar algunas cosas. Bajamos del taxi unos trescientos metros antes de llegar al río Piraí, el ancho, bajo y normalmente manso curso fluvial representativo de la región, al cual se le han dedicado inspiradas canciones, poesías y que hace parte de la idiosincrasia e imagen de Santa Cruz. Sin embargo cuando se desborda en la época de las lluvias, se torna arrollador y mortífero.
Atravesamos el río viendo las señales inconfundibles de un reciente torrente: atravesados en el lecho, inmensos troncos destripados por la violencia del agua desbocada. En la orilla, enormes piedras cubiertas de lodo y grandes aglomeraciones de hojas y ramas desgajadas.
Un camino de tierra nos recibió y en pocos instantes ya estábamos rodeados por una tupida vegetación siempre verde. El canto de invisibles y melódicos pájaros nos anunciaba que estábamos penetrando en los senderos de Espejillos.

espinoza cascada.jpg (80945 bytes)Arañas acrobáticas

La tarde empezaba a caer y parecía que el olor de la vegetación se tornaba más intenso. De repente, percibo un pequeño y sutil movimiento sobre mi cabeza y para mi sorpresa, descubro un tenue hilo de araña a través del cual un ejército de arácnidos, se movía como una tropa de comandos atravesando un turbulento río lleno de mortales escollos. Era una aglomeración de arañas gregarias, que agrupándose en gigantescas telas comunitarias forman verdaderos condominios suspendidos por arriba de los árboles y de los caminos. Algunos metros más adelante encontramos una cantidad tan grande de ellas, que parecía un congreso regional.
Las constantes subidas y bajadas del camino empezaron a exigir nuestras piernas y aceleramos el paso para no llegar muy tarde al lugar donde pernoctaríamos. Mientras caminábamos, íbamos escuchando las historias de salvamentos, rescates, búsquedas y entrenamientos contadas por Roeemir.
Cerca de la zona donde estábamos, se inicia el famoso Parque Nacional Amboró, una verdadera fábrica de lluvia dada su portentosa densidad vegetal repartida en altas montañas y una topografía accidentadísima, ahí el SAR tuvo que efectuar varias operaciones para encontrar y rescatar personas extraviadas en el laberíntico terreno.

Riqueza natural

Caminaba sintiendo que mis pulmones se llenaban de oxígeno y que el cansancio era ajeno a pesar de la marcha forzada. Los espesos bosques que nos rodeaban eran bellos y desbordantes de sorpresas. Cada centímetro cuadrado era un muestrario de formas de vida. Desde líquenes hasta orquídeas, desde microscópicos ácaros hasta deslumbrantes aves de variados colores, que entonaban nostálgicos cantos despidiéndose del día.
El crepúsculo llegó y con él dos tipos diferentes de luciérnagas, el "curucusí", grande y super brillante y una pequeñita, varias veces menor. Era un espectáculo verlas cintilando entre el follaje como lucecitas de árboles de Navidad.
La noche vino a envolvernos con una oscuridad lechosa, provocada por la luna escondida sobre sólidas formaciones de nubes que parecían presagiar lluvia. El viento ululaba en lo alto, haciendo bailotear y crujir los follajes. Las luces de un vehículo que se aproximaba en dirección contraria, me encandilaron y tambaleando, anduve unos pasos hacia la orilla, mientras el suelo se escabullía de mis pies y caía en una grieta de por lo menos un metro, escondida entre la maleza. Fuera del orgullo, nada salió lastimado y continuamos nuestra marcha. Para acortar el camino nos internamos en la selva, siguiendo un sendero que cruzaba varias veces un riachuelo. Cuando apagábamos las linternas, el poder del lugar se tornaba claro y nuestra fragilidad quedaba en evidencia, con las espinas que nos arañaban la ropa y los trastabillones que nos hacían vacilar. Fragancias imposibles de identificar jugueteaban en la nariz y rumores sutiles se agazapaban en las sombras. Media hora de sendero y volvimos al camino principal.espinoza coati.jpg (54055 bytes)
Después de quince kilómetros, llegamos a escasos metros del Monumento Natural Espejillos, una serie de cascadas y piscinas naturales creadas por el río del mismo nombre, en medio de una exuberante vegetación. Ante la posibilidad de que sobreviniera uno de esos chaparrones tropicales que sólo quien ha vivido puede dimensionar, decidimos alojarnos en una choza que sirve de cocina para los habitantes de una casa situada en las proximidades. Al final, la lluvia se marchó a otro lado dejando un rastro de relámpagos y viento.
Luego de una reparadora sopa que preparamos en un santiamén, extendimos los delgados plásticos, donde Roeemir había planeado que durmiéramos para ilustrar la tesis de "mientras más livianos mejor" y nos entregamos al sueño.

Un travieso visitante

A las seis de la mañana fui despertado por el rumor de unos pasos en el techo de hojas de paja y en una viga sobre la puerta, veo campante y dinámico a un singular animalito de hocico alargado, husmeando el aire con su gran nariz. Era un coatí, un pariente sudamericano de los tejones y las martas, de largo y esbelto cuerpo peludo y que parecía estar a sus anchas. Todos nos quedamos mirándolo entre sorprendidos y encantados. No dando ninguna señal de miedo, se dirigió por la viga hacia una sarta de carne ahumada. Lo ahuyentamos haciendo ruido y ágilmente se escabulló por sobre el techo.
El misterio de su desplante y audacia, sería resuelto cuando el dueño de la casa contó que lo había traído minúsculo de la selva, después de que en una cacería, su familia fuera muerta por los perros. Lo habían criado con mamadera y ahora era parte de la familia, un incorregible y travieso comedor de huevos, terror de patos y gallinas.
Iniciamos la caminata con un sol vigoroso y nos aproximamos al río por un pastizal, donde un grupo de estudiantes acompañados de un instructor recibía orientaciones para explorar el bosque. Al llegar a la corriente, no resistí sus transparentes aguas y me zambullí en un profundo pozo de donde tuve dificultades en salir, a causa de los bordes extremamente resbalosos.

espinoza pozo 1.jpg (74075 bytes)Pozas, cascadas y huellas

Fuimos subiendo por el cauce, maravillados con la abundancia de piscinas naturales y la bella vegetación que rodeaba todo el lugar. A partir de un cierto momento se hizo intransitable por inaccesibles peñascos. El musgo crecía en medio de las piedras y orquídeas y bromelias surgían sobre las ramas de grandes árboles. Nos encaramamos por una resbaladiza piedra, internándonos en la selva para esquivar los obstáculos del río. Frutos diversos yacían diseminados por el suelo cubierto de humus y espinas escondidas entre el follaje, nos recibieron como invasores. Súbitamente, la tenue huella de animales que seguíamos se hizo intransponible y tuvimos que bajar por una cuerda hasta la orilla del río. A partir de ese momento entramos en una zona más salvaje y ya no veíamos señales de presencia humana. Grandes helechos se descolgaban sobre la corriente y en ambas orillas veíamos altos farallones que parecían vigilarnos. En la arena habían huellas de tapires, venados, ocelotes, serpientes, zorros y aves. Con certeza más de algún animal nos observaba mimetizado desde un árbol o una grieta de los peñascos.

Regreso arriesgado

espinoza cascada 1.jpg (75357 bytes)Andando sobre las piedras fuimos adentrándonos y subiendo el río. Era un ejercicio de equilibrio y concentración. Afiladas rocas aguardaban cualquier vacilación. Cada cierto tiempo me detenía para observar los alrededores encantado con la variedad de la vegetación y la accidentada topografía. Con seguridad había mucho para explorar y descubrir en los senderos del lugar. A las doce nos detuvimos en un recodo donde piedras descomunales hacían extremamente difícil la marcha y decidimos retornar, ya que debíamos volver a Santa Cruz en ese mismo día y no podíamos entusiasmarnos con el lugar, por lo menos de esa vez.
Al regreso tuvimos algunos momentos de suspenso, cuando después de salir de una estrechísima trilla de la selva, tuvimos que bajar por una inclinada y resbalosa roca casi sin puntos de apoyo, mientras una poza de unos cinco metros de profundidad aguardaba cualquier desequilibrio y caída. En ese trecho tuvimos mucha dificultad y suerte de no desplomarnos, ya que no habíamos preparado el apoyo de cuerdas porque desde la perspectiva superior, el descenso aparentaba ser fácil.
Doce kilómetros después de uno de los paseos más hermosos que ya hiciera, nos encaminamos de vuelta a Santa Cruz con el corazón feliz, los ojos satisfechos de tanta belleza, los pulmones rebosantes de oxígeno y la certeza de que apenas nos habíamos asomado a los senderos de Espejillos.

Para saber más: http://www.forestbolivia.com/