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Fuimos recibidos por María José y Jorge, nuestros anfitriones y propietarios de
una Hacienda paradisíaca llamada "EL PORVENIR", ubicada en
TIERRA DEL VOLCAN, que es una operación de turismo de aventura y turismo
ecológico que se encuentra situada en el área del Parque Nacional
Cotopaxi y toma su nombre de este formidable volcán y también responde a
la presencia de varios otros, principalmente el Volcán Rumiñahui,
Pasochoa, Sincholagua y Quilindaña y ofrece una variedad de posibilidades
al turista en el ámbito de su orientación y especialización. El Parque
Nacional Cotopaxi es un santuario ecológico de 36.000 hectáreas de
superficie, con un atractivo muy especial para los amantes de la
naturaleza. El mismo rodea al volcán que toma su nombre, que significa
"cuello de la luna". Se levanta desde un valle que está
alrededor de 2.750 metros hasta alcanzar una altura de 5.897 metros sobre
el nivel del mar. El ancho de su cráter, de oeste a este, ha sido
calculado en más de 500 metros y el ancho de norte a sur en 700 metros.
El perfecto cono de nieves eternas del Cotopaxi alcanza 1.341 metros de
altura.
Luego de una hora y media de viaje por caminos de ripio y a tan sólo 58
kilómetros de Quito, llegamos a la hacienda "El Porvenir",
ubicada en las faldas del volcán Rumiñahui. Un lugar realmente
paradisíaco.
Está compuesta por nueve habitaciones dobles y una cuádruple, con una
capacidad total de 22 personas.
Desde el momento que se ingresa a la casa, se siente su cálida
bienvenida, matizada por dos chimeneas ubicadas en su acogedora sala, una
tercera en el comedor y de dos funcionales estufas ubicadas en la parte
superior que contribuyen a que los visitantes puedan disfrutar de momentos
de relajación.
La casa de hacienda, como se denomina a estas construcciones de la
serranía, por su propia naturaleza conjuga el sentido de protección y
abrigo con un adecuado confort que guarda relación con el sitio en donde
se encuentra y el acertado uso de modestos materiales tales como el
ladrillo, la paja, la madera de eucalipto vista, las paredes de adobe y
adobón. Las habitaciones, llamadas Machais, vieja denominación que alude
a las cuevas del páramo, inhóspito refugio de hombres y colibríes, más
que cuartos formales, recuerdan las chozas construidas por los indios del
altiplano con sus techos de paja y paredes hechas de estera, llamada así
a los tejidos de caña o totora elaborados por las hábiles manos de los
artesanos, cada una con capacidad para dos personas, a excepción de la
principal que puede alojar a una familia de cuatro miembros y que por sus
dimensiones se aproxima mucho más a las de las casas del páramo.
Tiene un comedor, el cual es calentado por una chimenea construida en el
muro de tapial y mira hacia un gran patio rodeado de construcciones
destinadas a uso agrícola, adornadas por la presencia del cambiante
volcán Sincholagua y el cono magnífico del volcán Cotopaxi.
Luego de disfrutar de las instalaciones y tomarnos unos
"Canelazos", bebida típica de la zona compuesta por té de
canela con naranjilla y licor, tanto Jorge como María José nos
prepararon para salir a cabalgar. Se ensillaron en total unos quince
caballos y salimos hacia las sierras, llegando hasta los 4.000 metros de
altura. La vista era realmente hermosa, hacía mucho frío y se podían
ver infinidad de copos de nieve sobre el suelo. A pesar de que los
caballos están acostumbrados, luego de una hora, empezaron a manifestar
síntomas de agitación provocados por la altura.
Al llegar a la casa, María José dio unas clases de estiramiento, debido
a que la mayoría eran novatos y de esa forma se reducirían los dolores
musculares y posteriormente nos ofrecieron una bebida llamada
"Zunfo", que es para las alturas la cual tiene propiedades para
la circulación de la sangre.
El almuerzo fue digno de un restaurante de 5 estrellas. De entrada una
sopa de crema de arvejas con salsa de ají y rocoto, costilla de cerdo a
la mostaza con llapingachos, tortilla de papas con queso y un delicioso
mouse de limón como postre.
Un lugar que vale la pena conocer en donde la gama de posibilidades es muy
amplia, desde simplemente disfrutar de un almuerzo en sus instalaciones
para luego hacer pequeños recorridos a pie por la hacienda observando las
magníficas vistas que desde ella se tiene. Realizar emocionantes paseos
en mountain bike por rutas exclusivas, ascensiones por pequeños valles
escondidos en los repliegues de las montañas, etc.
Las posibilidades son múltiples, variadas, riquísimas y por supuesto
siempre de la mano de Jorge y María José.
El agradecimiento infinito a ellos, que con hospitalidad, simpatía y muy
buena onda nos dieron la oportunidad de conocer este hermoso lugar digno
de visitar.
Hasta la próxima
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